
La Coordinación para la Igualdad de Género en la UNAM (CIGU) y la Facultad de Ingeniería (FI), a través de su División de Ciencias Sociales y Humanidades, llevaron a cabo la conferencia Prácticas comunitarias y derechos universitarios, impartida por la maestra Karla Amozurrutia Nava, directora de Gestión Comunitaria y Erradicación de las Violencias-CIGU, el pasado 12 de mayo en el auditorio Sotero Prieto. La maestra Diana Paulina Pérez Palacios, colaboradora de la CIGU y profesora de la FI, tras dar la bienvenida, compartió la semblanza de la ponente destacando su amplia experiencia en las áreas de perspectiva de género para la mediación de situaciones de violencia y conflictos, de lingüística y lenguaje incluyente, y su desempeño como académica, y en diversas responsabilidades relacionadas con la igualdad de género, en la Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.
La ponente inició invitando al público a externar ideas sobre comunidad(es), si participan o sólo se adscriben a ella. Luego de comentar respuestas de estudiantes que la relacionaron con identidad, el espacio geográfico o la búsqueda de objetivos comunes, añadió que lo comunitario establece y organiza las relaciones sociales de "compartencia" (dar y recibir) que tienden a generar equilibrios dinámicos, no exentos de tensiones y contradicciones, a través de una amplia constelación de prácticas y esfuerzos. Afirmó que la regla central de lo comunitario es poder escuchar y cooperar para que esa vida social se siga construyendo y se mantenga como un entramado de visiones, percepciones, cosmovisiones, sentimientos, emociones: "La capacidad de autonomía que tiene lo comunitario nos ayuda a tomar decisiones para cambiar aquello que no nos gusta, lo que pareciera que ya no es positivo en las relaciones o en los vínculos, una autorregulación para generar espacios cada vez más libres".
Este sentido comunitario, agregó, llega a romperse cuando se impone el individualismo, fractura asociada con el capitalismo, un sistema económico cuyo mecanismo es el despojo de la riqueza material y simbólica, y de la capacidad colectiva de decisión, ya que privilegia la acumulación privada y mediatiza las relaciones sociales apropiándoselas en una transacción de afinidades, que se evidencia en las redes (cantidad de amigos o likes) y pone en riesgo la vida social, el cuidado y el trabajo comunitario enfocado en satisfacer las necesidades de todas las personas a partir del resguardo de los bienes materiales (agua, tierra) y simbólicos (los saberes o el empeño de la palabra), por lo que conminó a preguntarse desde la FI ¿qué hacemos con el conocimiento que generamos?, ¿para qué lo hacemos?
Al definir "lo común" (del griego koinonia: comunión, compañerismo), mencionó que la comunidad no es, sino que se hace con el trabajo de la colectividad que da vida, sentido y fondo al hecho comunal: "Son los vínculos psíquicos, físicos, cognitivos, afectivos que construimos para que la vida siga siendo vida... esos lazos que hacen posible que el agua y la tierra sigan siendo en beneficio del común", una visión de las comunidades indígenas. En las universidades, aclaró, el bien común es el conocimiento, usado para muchos fines, incluso para la destrucción de la vida común. Enfatizó que vivimos un momento histórico en el que las relaciones sexoafectivas se están reconfigurando por lo que han surgido prácticas comunitarias igualitarias —acciones directas para transformar los vínculos de convivencia y activaciones— que desde lo individual impactan positiva o negativamente en lo colectivo en aras de materializar la igualdad y la inclusión con lenguaje común y transformando la realidad local con la organización y participación solidaria de sus integrantes.
La maestra Amozurrutia cuestionó al estudiantado qué tipo de prácticas comunitarias realizan en Ingeniería en la gestión de espacios comunes, acciones solidarias (¿cómo ayudo a una compañera que vive lejos y viene sin comer a la universidad?), la construcción del conocimiento colaborativo (¿lo hago de manera subordinada o con entendimiento de la diversidad?), en la autogestión y saberes compartidos (¿los construyo colaborativamente?) y en la vinculación académica y de investigación. Este sentido del trabajo comunitario, destacó, se enmarca en tres esferas: el cuidado de la convivencia para mantener la confianza y la calidez, aprender a convivir en comunidad para fortalecer el tejido y el aprendizaje de cómo resolver conflictos de manera adecuada. Propuso que desde el diálogo se ejerza el poder para hacer comunidad y garantizar nuestros derechos; citó a Michel Foucault -Toda relación es una relación de poder- y a Raquel Gutiérrez -No toda relación de poder es una relación de dominación- y cuestionó cómo usamos el poder en la UNAM: ¿para excluir, subordinar o profundizar desigualdades?
La experta presentó "los comunes de nuestra comunidad UNAM", depositados y transversalizados en los Derechos Universitarios: diálogo abierto, responsable y respetuoso; prohibición de la violencia; legalidad y ejercicio responsable de la autoridad a través de la Defensoría; perspectiva de género, interés superior de niñez y adolescencia; además, los principios de la universalidad, la indivisibilidad, interdependencia, progresividad e interseccionalidad. Para llegar a una verdadera paz, concluyó, se tiene que cuidar y sanar el tejido social, desarrollar una ética del cuidado, favorecer la dignidad de las personas entendiendo los conflictos como generadores de transformaciones sustantivas. Finalmente dio ejemplos de prácticas comunitarias: espacios de escucha empática, lugares seguros de confianza y libres de violencias por razones de género, espacios educativos que promuevan la diversidad y la otredad, la comunicación permanente y redes de cuidado comunitarios, entre muchas otras.